domingo 4 de diciembre de 2011

Experiencia Sevillana (o la otra Copa Davis que también perdimos)


Un versito de Brecht que leí el otro día decía “Aquellos que se sentaron el sillas de oro para escribir / serán interrogados /por quienes les tejieron sus vestidos”. Ojo, la belleza suele guardar –como casi todo el mundo- su mugre debajo de la alfombra; parece decir el poeta alemán y algo de eso sentí paseando por Sevilla el fin de semana pasado. Primero el deslumbramiento por la inmensa catedral, el Real Alcázar, sus jardines y azulejos magníficos, las hermosas riveras del Guadalquivir, el Archivo General de las Indias, pedazos de historia en todas partes. Después, la imagen de barcos llegando desde América durante siglos al puerto de la ciudad, oro, plata, hombres, mujeres, quien sabe que más. Artesanos, comerciantes, banqueros llegaban de toda Europa a esa ciudad que recibía –bendecida por dios- la riqueza del continente donde habitaban los sin alma, los casi humanos. En este momento un minero boliviano rasca la entraña vacía del Potosí, mientras vos le sacas, embobado, una foto al jardín privado de los reyes. Pensé, pienso. Es como si te cayera la ficha de toda la historia que te enseñaron y te ocultaron. De sopetón entendés todas las lecciones del viejo Ibañez que nunca terminaste de tragarte en la secundaria y lo mezclas con el Galeano de “Las venas…”. Ahí está el retrato de Sevilla, de Europa quizá. Pero la historia que no está en los libros –aún- también da vueltas. Unos maestros acampan dentro de la catedral, protestan porque no consiguen trabajo, por los recortes en el presupuesto educativo. Los turistas sorprendidos los miran, los miramos. Mientras un sueco o alemán no deja de sacarles fotos desde todos los ángulos posibles, me le acerco a uno y le pregunto. Dice llamarse Raúl, tiene veinticinco años, hace tres que se recibió de profe de música, este año le tocaba entrar como interino, pero con los recortes no lo van a llamar. Por eso protesta en la casa de dios. Le cuento que soy del otro lado del mar, de donde vino, quizá, la plata que pagó estas columnas sagradas. Le cuento que también nosotros solemos protestar seguido, por trabajo, por educación, por salud, por… después de un rato le firmo un petitorio de adhesión y sigo. A la tardecita, mientras tomábamos unos mates en un plazoleta, se me aparecieron, no sé porque, otros versos, esta vez del viejo Giannuzzi Para levantar las pirámides / doscientos mil hombres, a lo largo / de tres generaciones, cargaron y arrastraron / millones de toneladas de piedra (…) Después de 4.000 años,/ vértebra sobre vértebra, crujido a crujido,/ el espinazo innumerable/ sigue cargando el peso / del sueño y la podredumbre de los señores.

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