Un versito de Brecht que leí
el otro día decía “Aquellos que se
sentaron el sillas de oro para escribir / serán interrogados /por quienes les
tejieron sus vestidos”. Ojo, la belleza suele guardar –como casi todo el
mundo- su mugre debajo de la alfombra; parece decir el poeta alemán y algo de
eso sentí paseando por Sevilla el fin de semana pasado. Primero el
deslumbramiento por la inmensa catedral, el Real Alcázar, sus jardines y
azulejos magníficos, las hermosas riveras del Guadalquivir, el Archivo General
de las Indias, pedazos de historia en todas partes. Después, la imagen de
barcos llegando desde América durante siglos al puerto de la ciudad, oro,
plata, hombres, mujeres, quien sabe que más. Artesanos, comerciantes, banqueros
llegaban de toda Europa a esa ciudad que recibía –bendecida por dios- la riqueza
del continente donde habitaban los sin alma, los casi humanos. En este momento un
minero boliviano rasca la entraña vacía del Potosí, mientras vos le sacas, embobado,
una foto al jardín privado de los reyes. Pensé, pienso. Es como si te cayera la
ficha de toda la historia que te enseñaron y te ocultaron. De sopetón entendés todas
las lecciones del viejo Ibañez que nunca terminaste de tragarte en la secundaria
y lo mezclas con el Galeano de “Las venas…”. Ahí está el retrato de Sevilla, de
Europa quizá. Pero la historia que no está en los libros –aún- también da
vueltas. Unos maestros acampan dentro de la catedral, protestan porque no
consiguen trabajo, por los recortes en el presupuesto educativo. Los turistas
sorprendidos los miran, los miramos. Mientras un sueco o alemán no deja de
sacarles fotos desde todos los ángulos posibles, me le acerco a uno y le
pregunto. Dice llamarse Raúl, tiene veinticinco años, hace tres que se recibió
de profe de música, este año le tocaba entrar como interino, pero con los
recortes no lo van a llamar. Por eso protesta en la casa de dios. Le cuento que
soy del otro lado del mar, de donde vino, quizá, la plata que pagó estas
columnas sagradas. Le cuento que también nosotros solemos protestar seguido,
por trabajo, por educación, por salud, por… después de un rato le firmo un
petitorio de adhesión y sigo. A la tardecita, mientras tomábamos unos mates en
un plazoleta, se me aparecieron, no sé porque, otros versos, esta vez del viejo
Giannuzzi “Para levantar las pirámides / doscientos
mil hombres, a lo largo / de tres generaciones, cargaron y arrastraron / millones
de toneladas de piedra (…) Después de 4.000 años,/ vértebra
sobre vértebra, crujido a crujido,/ el
espinazo innumerable/ sigue cargando el peso / del
sueño y la podredumbre de los señores.
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