Siempre es mejor quedarse pancho: descansado, aletargado, contemplativo, zen. La inercia propia de la existencia nos lleva a eso.
¿O no?
No sé.
Por las dudas, lo contrario.
Siempre es mejor mantenerse en movimiento: rápido, ágil, irreflexivo, mirando el objetivo. Nunca, nunca, a los costados. Ahí esta lo que distrae, lo que retrasa, lo fútil.
Quizá -¿Por qué no?- estas sean dos caras de la misma alienación.
Por eso me parece, creo -bah, elucubro- que el revolucionario -no solo el político sino, también, el vital, el cotidiano (acaso sean diferentes nombres de la misma cosa)- es un hinchapelotas que:
a.) Cuando la gente se queda quieta, empuja.
b.) Cuándo la gente va muy apurada, mete la traba y pregunta ¿Por qué corres? ¿Hacia donde vas? ¿De donde escapas?
En fin, es ese tipo o tipa que pega enormes y bellas patadas en el culo que siempre, siempre, empujan la historia -y a nosotros con ella- hacia adelante.
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- ¿Y si un paso más allá hay un precipicio? Dijo el otro.
- Eso nunca se sabe, pero el riesgo... el riesgo -sí el riesgo- hay que correrlo.
¿O no?
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