Quizá el hogar, el techo, la casa, el sucucho propio se definan –en nuestra más profunda intimidad- por ofrecer un lugar de recibimiento, un lugar donde la rutina, las repeticiones, los esquemas nos protegen. Ese lugar, que en el mejor de los casos, se constituye en un punto de encuentro con un otro u otra, funciona como centro alrededor del cuál giran los múltiples fines de la vida. De no existir ese punto central de la telaraña, el tejido vital pierde consistencia; el influjo de esos esquemas otorga fortaleza, tesón, tensión a los hilos. Ante la ausencia de ese lugar donde llegar, los pasos pierden ímpetu, horizonte, quedan presos de una locura circular.
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